El día que vi a los campeones del mundo comiendo paletas

Brasil campeones del mundo 2002

El 7 de septiembre del 2003 fue un día muy especial. Ese día fui a Barranquilla a ver el primer partido de las eliminatorias para Alemania 2006, Colombia vs Brasil.

Venia ese Brasil que había sido Campeón del Mundo el año anterior en Corea-Japón, ¿cómo no ir a verlo? ¡Por Dios! Si bien siempre he apoyado a mi selección, confieso que el afán era por ir a ver a Brasil, única y exclusivamente a Brasil.

Era un sueño cumplido ver a todos esos monstros del fútbol en persona, así se vieran un poco lejos. Me costaba trabajo creer que estaba viendo a Ronaldo, Rivaldo, Roberto Carlos, Kaká, Cafu, Lucio, Dida, etc… Sí, yo sé que uno no debe tener este tipo de idolatrías, pero es que ver a los campeones del mundo no es cosa de todos los días.

La idea de ir a Barranquilla surgió unas semanas antes, cuando habiendo devengado mi primer sueldo de estudiante en práctica decidí invertirlo en algo que fuera inolvidable y al presentarse esta oportunidad, no lo dude un instante. Fue tanta la emoción que hasta invite a mi hermano.

Convidé a un amigo proveniente de Honda, Tolima, que por simplicidad geográfica, los cartageneros llamábamos “el cachaco” o el “cacha”, el cual además era hincha de Millos, algo que se creía una especie en vía de extinción.  Otro amigo, llamado Germán al que llamábamos  “el Yérman”, por eso de que se nos da por decir lo nombres en inglés, también se apuntó.

Ese día arrancamos a eso de las 10 de la mañana desde un punto céntrico de la cuidad en un tour de esos “todo incluido”. Al poco tiempo me di cuenta que en el bus venían dos monos, probablemente de una Suecia de esas, que por simplicidad geográfica, los cartageneros llamaríamos “los gringos”. Quien sabe que harían de este lado del charco, pero también aprovecharon para ir a ver a los campeones. Ah bueno, y no falto el que les quiso meter conversación en inglés (dizque pa’ practicar).

Cuando llegamos a Barranquilla, cuatro horas antes del partido, a eso del mediodía, hacía un calor de aquellos. Era como un fogaje que salía del suelo que se revolvía con la humedad del aire aún más caliente. – ¡Que cule calo!, pobres gringos, le dije al Yérman.

Metropolitano-BarranquillaEntramos al estadio Metropolitano de Barranquilla, el templo de fútbol colombiano y casa legitima de la selección Colombia. Nos acomodamos lo mejor que pudimos para la espera de cuatro horas que se venía, con el sol en la cara y con un calor insoportable.

Pasaban los minutos y a medida que se llenaba el estadio en un desorden ni el hp, las rondas del aguatero o del de las cervezas se fueron haciendo menos frecuentes, hasta que finalmente más nunca volvieron. En ese momento todavía faltaban dos horas para el comienzo del partido más dos horas de partido.

A partir de ese instante, lo único que pasaba eran las paletas de agua de todos los sabores (rojo, amarillo, azul, morado…), que con el paso de los minutos se fueron poniendo cada vez más caras. Como se dice en Cartagena, ¡Nos vieron cara de cachacos!

En un momento me desesperé y pensé en arriesgarme para ir a buscar agua en los pasillos del estadio, pero el cacha me dijo, con aquel acento tolimense – ¡No cometa esa locura muchacho loco ola!, que le cogen el puesto ola… Me calme, compré otra paleta y me la comí con angustia.

De pronto vi a los gringos más abajo, quietos como unas estatuas, tranquilos, sudando, con la cara más roja que un tomate y obviamente con paleta en mano. Me preguntaba si estarían disfrutando de esa maravillosa experiencia tercermundista. Le dije a mi hermano – ¡pobres gringos!

Pero no podía dejar que el calor dañara mi sueño y tampoco podía olvidar que, mal que bien, tenía que apoyar a mi selección, así que deje de quejarme y empecé a disfrutar aquella tarde maravillosa.

Cuando empezó el partido se nos olvidó, a mi hermano a mí, que amábamos a Rivaldo, a Ronaldo y a los demás iconos del fútbol mundial. Sin darnos cuenta, comenzamos a hacerle fuerza a Colombia y a “putiar” a los Brasileros cada vez que se nos venían con todo. Hay que ver que el amor por la selección es poco racional y hay que ser muy igualado también para atreverse a blasfemar a los dioses del fútbol.

A los 22 minutos, Ronaldo, el fenómeno, trotándito, nos enterró el primero. Juan Pablo Ángel, en una jugada de otro partido, empató con un cabezazo impecable. El abrazo y el festejo en pleno Metropolitano fueron a rabiar. Abandoné a su suerte la paleta que tenía en la mano y brinque con las pocas fuerzas que me quedaban por algunos minutos.

En el descanso soñé con la posibilidad de que pasara el de las frías, por aquello de que estaba contento con el empate, pero nada, no llegó nunca.

El segundo tiempo empezó con un clima mucho más agradable, lo que extrañamente hizo que el partido entrara en un bache aburridor. Y cuando no pasaba nada, vino Kaká y “Chou” nos empacó el segundo desde unos 30 metros.  – ¡Nojoda!, exclamé, me tragué de un golpe el último pedazo de paleta que me quedaba y empecé a parir el gol del empate que nunca llegó.

Emprendimos el viaje de regreso a Cartagena, con algo de decepción por la derrota, pero en realidad, estaba más que contento porque había visto a los campeones del mundo mientras comía deliciosas paletas…

Pd: Nunca más se supo de los gringos. Nunca llegaron al bus que nos llevaría de regreso a Cartagena…

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3 thoughts on “El día que vi a los campeones del mundo comiendo paletas

  1. Juan Carlos Espinosa 26 febrero, 2014 / 10:30 am

    Compa pongase en contacto con la unidad investigativa del Bestiario del Balon: ese par de monos eran Andre Krul y George Saunders!!! Hahahahaha!

  2. Tatiana 28 febrero, 2014 / 10:04 pm

    ajjaja Iva.. que buena forma de redactar.. mantienes a todos los lectores cautivos.. saludos a Adri 🙂

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