Gente de mala memoria

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Nací y fui criado en una ciudad costera turística. En las vacaciones siendo chicos de colegio, mis amigos y yo nos volcábamos a la playa a pasar el rato, jugábamos futbol a la vez que echábamos ojo a las pelaitas que llegaban del interior o del exterior del país buscando siempre coronar plan para las noches. Una vez un amigo y yo contamos con la fortuna de conocer un par de extranjeras que venían en un tour de excursión de esos que hacen en los colegios cuando los muchachos están próximos a graduarse. Nuestra suerte fue que eran compañeras de cuarto en el hotel y a la vez amigas de parranda por lo que mi amigo y yo las acompañamos hasta altas horas de la madrugada siempre con la intención de mejorar las relaciones internacionales de nuestros países.

Cuando el sol se asomó tímidamente por la ventana mi amigo se paró como un resorte, “mierda, me van a matar en mi casa, vamos, ¡corre!”.  Y así fue, todo debería haber acabado ahí, una anécdota más de unas vacaciones bien disfrutadas. Tan solo una hora más tarde, mientras finalmente me encontraba descansando en mi cama, sentí una voz diciéndome “compa, levántate”… Sin distinguir aun entre el mundo de los sueños y la realidad, abrí un poco mis ojos y entre una luz borrosa como saliendo del medio de la neblina apareció mi amigo, “¡nojoda!, ni me acordaba que te habías quedado en mi casa” le exclamé (en realidad no lo habia hecho), a lo que él respondió, esta vez un poco más incisivo, “joda, deja de dormir tanto, vamos a despedirnos de las pelaas…” fue entonces cuando por fin mi retina enfocó el reloj que colgaba de la pared de mi cuarto “primo no son ni las 9, he dormido como 2 horas, aún estoy borracho, saca la colchoneta y tírate ahí al lado”, pero él insistió y me atacó por mi lado débil, “vamos a despedirnos de las pelaitas y te invito a desayunar”… Este pechito nunca le ha dicho que NO a una invitación a comer, y el desayuno es mi comida favorita, así que mis horas de sueño me tocó dejarlas acumuladas para las siguientes vacaciones.

Resulta que cuando mi amigo llegó a su casa temprano en la mañana, se percató que la luz de su baño estaba encendida y la puerta cerrada, por lo que sagazmente se cambió por ropa deportiva y corrió a la cocina a echarse agua en la cara, volvió al cuarto y se encontró a su padre. “Aja papi, aquí llegando de trotar”, pero el papá, mas zorro aun, lo invitó a que salieran a hacer vueltas, “erda papi la verdad es que vengo cansao, la vacilo más echándome un mochito” y el papá ni corto ni perezoso le refutó, “No mijo, si madrugas a hacer ejercicio no aguanta que bajes el nivel de energía, así que, pa’ la calle, chau”. Fue así como este personaje terminó de vuelta a mi casa tan pronto.

Cuando llegamos al hotel de las chicas, me sucedió algo que no me esperaba, me encontré la excursión de las 50 y pico de niñas haciendo el check-out del hotel, “¿y ahora?” pensé… La enamorada de mi amigo se nos acercó y nos saludó efusivamente, la invadía la alegría al ver que sus nuevos amigos con funciones “cancillerescas” regresaban a darle el último adiós. Mientras empezaba una empalagosa despedida con mi amigo me señaló hacia un punto en el medio de la multitud para hacerme saber dónde estaba su roommate. Con el mareo matutino derivado de altas dosis de licor mezcladas con pocas horas de sueño caminé hacia donde su mano me indicaba y salude a mi, vamos a decirle, “amiga” de beso en la mejilla, al tiempo le tomaba la mano y la jalaba para alejarme un poco de la muchedumbre ruidosa que solo ahondaba mi resaca. Ella caminó un par de metros conmigo antes de detenerse y dejarme esta frase que aun retumba en mi cabeza “creo que me estas confundiendo con alguien”… Y si…

Discúlpame “amiga”, a veces gozo de muy mala memoria.

Ayer leí una entrevista que le hicieron a Hristov Stoichkov por parte de un diario de Madrid. En el titular rezaban algo así como “Cuando Cristiano gane lo que yo gané, entonces si nos podrán comparar”, y siendo hincha del Barcelona y habiendo disfrutado su futbol hasta el cansancio me pregunté ¿De qué hablará Stoichkov?

HRISTO STOITCHKOVBULGARIA & BARCELONA17/06/1996CH21B6CSomos inundados a diario con noticias de Messi Y Cristiano Ronaldo, al punto de que no pasa un día en que no lea que alguien, relacionado con el futbol, diga que uno de estos dos jugadores es lo mejor que ha visto en una cancha en su vida. Stoichkov fue dueño de una zurda magistral, ganó copa UEFA y destacó en todos aquellos equipos donde fue. El tipo marcó un hito en la historia del futbol de Bulgaria, él solito eliminó a Alemania (que venía de ser campeón mundial en el 90 y subcampeón de la Eurocopa del 92) en el mundial de USA 94, además fue ganador de la bota de oro en el mundial del 94 y ese mismo año se llevó balón de oro a casa. Sin embargo no tiene lo que ha mantenido vivas las leyendas de Pele y Maradona, es decir un mundial en su haber.

Me pregunto si en un futuro, cuando Messi y Cristiano cuelguen las botas, también pasaran a ser parte de esa memoria selectiva donde yacen grandes sin mundial y que en su momento fueron “lo mejor que se había visto en una cancha” como Platini, Cruiff, Van Basten, Weah, Di Stefano, Baggio, Zico, Eusebio o Puskas y de pronto en menor medida Hagi, Shevchenko, Asprilla, Laudrup, Francescoli, Seedorf, Best, Gullit, Fontaine, Cubillas etc…

Discúlpame Stoichkov, a veces gozo de muy mala memoria.

¡No caga balón!

Luis Enrique cagándola muy campante…

Después de muchos años me he visto obligado a reconsiderar la validez de algo que me enseñaron en la escuela de fútbol a la que asistí en mi querida Cartagena, desde que era un niño hasta muy entrado en la adolescencia: Sentarse en un balón de fútbol es de mal gusto e irrespetuoso.

Luis Enrique - No caga balonUna foto del gran Luis Enrique, flamante entrenador del Barcelona FC, me puso a dudar sobre lo que asumí toda la vida como una verdad absoluta e irrefutable dentro de la comunidad del fútbol. Para mí era tan veraz este postulado que cuando vi aquella imagen me pareció algo tan insólito que pensé enseguida que podía ser material para el próximo libro de Luciano Wernicke sobre Historias Insólitas de Fútbol, pues seguramente había sido un hecho puntual que no se repetiría. Pero no fue así. Una y otra vez aparecían fotos similares en las redes que me martirizaban haciéndome sentir una horrible sensación de repudio, algo muy similar a lo que se siente cuando alguien no respeta las mínimas normas occidentales de convivencia (evacuación de gases y/o fluidos en público). Al mismo tiempo que experimentaba esta extraña indignación, me daba pena “ajena” por lo ridículo que se veía Lucho ante mis ojos. Era algo muy similar a lo que se siente cuando uno ve a un jugador profesional que no sabe hacer un saque de banda… ¡Como si fuese un pobre novato en esto del fútbol!

Para colmo de males, semanas después vi una foto de Sebastián Rincón, hijo del gran Freddy Rincón, haciendo lo mismo… ¡No puede ser! ¡Y hasta se está propagando entre los jóvenes!

Sebastián Rincón cagándola muy sonante…

Y es que bien lo dijo Diego Armando Maradona el día de su partido de despedida:

“La pelota no se mancha”

¡Y mucho menos de MIERDA!… Le agregaría yo, tomándolo literalmente.

Esta especie de obsesión nació en mi porque el profe, Walter Moraes “Waltinho” (campeón con Santa Fe en los 60s), nos insistía mucho en que debíamos tratar bien al balón – como podía esperarse de un brasilero – lo que incluía no pegarle puntazos, no reventarla y muchísimo menos sentársele encima. A pesar de sus reiteradas lecciones, algunos lo olvidábamos y sin darnos cuenta nos sentábamos en la pecosa. ¡Ay de aquel pobre que se dejara pillar! Ahí mismo salía el profe como alma que lleva el diablo a pegarle su regañón – ¡No caga balón! ¡No caga balón!, decía en tono “forgte” con marcado acento portugués, como pidiendo un mínimo de respeto para con nuestra preciada joya, aquella que ha sido la protagonista de los hechos más importantes de los menos importantes de la historia de la humanidad (o algo así dijo Jorge Valdano).

Waltinho - tomado de flickr
Walter Moraes “Waltinho”

Es más, los otros profes, que además de inculcarnos buenas costumbres como cuidar los útiles (guayos, canilleras, conos, etc.), también nos insistían en lo mismo y nos decían que los balones – marca Golty®, por cierto – se ponían “huevopatos” por culpa de aquellos que hacían esta gracia de sentarse en ellos. Razón de más para respetar consigna.

La verdad es que tantos años oyendo ese mismo regaño –  ¡Iván! ¡No caga balón! –  tuvieron por efecto que, todavía a estas alturas, no soporte ver a alguien sentado encima de un balón. En serio, me ofende tanto que lo considero un insulto al fútbol mismo. Es como rebajar al balón a un simple objeto, lo cual obviamente no es. ¡No hay derecho! ¡No lo soporto!

Amigos, les confieso que ver a Luis Enrique en “esas” no fue fácil. Muchas preguntas saltaron a mi mente, preguntas que no he podido resolver; ¿Es posible que semejante personaje del fútbol mundial no respete al balón? ¿Será que para los europeos eso no significa un irrespeto? ¿Y si estoy exagerando? ¿Y si sólo era un cuento para que no dañáramos los balones? ¿Y si si es cierto?… De todas formas creo que ya es muy tarde, nunca podre concebirlo, me costaría tanto trabajo romper este paradigma que no vale la pena intentarlo…

Como supongo que le causa gracia esta “batalla interna de pacotilla” que estoy librando, le tengo un ejemplo para que entienda lo que estoy viviendo. Le propongo  – a ver si puede – que la próxima vez que alguien se eche un gas delante suyo, intente no ofenderse y más bien, ¡apúrese a olerlo!, que ya salió un artículo diciendo que eso es bueno para la salud… ¡Rompa ese paradigma! ¡Hágale, lo quiero ver!

Ya que me entendió, ahora ayúdeme a difundir esta esta campaña en las redes sociales para que los jugadores profesionales, entrenadores (en especial Luis Enrique) y aficionados no sigan cometiendo esta infamia y, de paso, para que evite que me vaya a dar un infarto. ¡Gracias!

@LUISENRIQUE21 ¡No más, por favor! Por lo menos cambie la foto del Twitter! #Nocagabalon

Luis Enrique - Twitter
Tomada de su cuenta de Twitter el 20 de Octubre de 2014

 

¿Por qué los partidos microfútbol casi siempre terminan en pelea?

Cancha micro cartagena

Hace unos días hablaba con unos amigos sobre las épocas del microfútbol (en Cartagena) y “lógicamente” terminamos hablando más bien sobre todo tipo de peleas, zafarranchos y belicosos personajes. Este evento me llevó directo a una conclusión: el microfútbol es en esencia una combinación factores que ponen a los participantes siempre al borde de una pelea

El Balón

balon-mikasa-microfutbolSi empezamos analizando el balón, es lógico que la cosa no pueda terminar bien. Si ya a uno en caliente se le suben los ánimos y la sangre a la cabeza, imagínese si para rematar está jugando con un balón que parece una piedra y que además quema como un parche caliente al menor contacto con la piel. Obvio, un balonazo “mal puesto” al jugador más boluo del equipo que va perdiendo, no puede terminar sino en un tremendo bochinche.

Cancha “pequeña”

El lógico apretujamiento que se siente en la pequeña cancha durante algunos pasajes de los partidos provoca una serie de contactos recurrentes e inhabituales, intencionales o no, que al acumularse, originan fácilmente una trifulca (y aunque esto es verdad en el fútbol 11 y otros deportes de contacto, en el microfútbol se potencian sus efectos al combinarse con los demás factores que estaremos analizando).

El grajo

Del punto anterior resulta que, dada la cercanía entre sí de los jugadores, algunos se exasperan y pierden los estribos por el olor a grajo tan bravo (“chucha”, para los cachacos) que es inevitablemente perceptible. Empujar al que te está marcando porque esta hediondo no es un acto de agresión, es un reflejo natural, ¡es un derecho!… y de ahí a que se forme no hay mucho.

Las superficies

Que sea asfalto, cemento o hasta madera, caerse, rasparse o tener contacto con el suelo de alguna manera es mucho más irritante que cualquier contacto con la suave grama de un terreno “aceptable” de fútbol 11. La mayoría al levantarse, casi que con sangre en el ojo de la ira, busca con quien descargarse… y si por ahí alguien lanza un comentario que trate de minimizar el impase, como “Dale ¿Ay Qué? ¿Vas a llorar?”, debe atenerse a las consecuencias…

Por otro lado, si se juega en pleno día (sobre todo en Cartagena), es muy factible que el calor y el solazo en la cabeza, sumado al fogaje que expiden las placas de cemento, provoquen un ligero atolondramiento de incluso el jugador más sensato, lo que puede terminar en una agresión por pura inercia… y ahí, ¡bam!, vuelve y se forma…

Las rejas

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Toda cancha de micro que se respete está rodeada de rejas. Aquí hay dos puntos. Uno: sentirse encerrado podría ser interpretado por el subconsciente como que se está en una prisión, predisponiendo al jugador a sacar el hampón que hay en sí (¡cuidado con esta!). Dos: La reja se convierte en una herramienta para desgastar el rival pues es utilizada como destino para empujones que sirven sólo para un disimulo momentáneo del juego agresivo.

El contacto físico como factor clave de éxito

Como en el básquet, en el microfútbol hay mucho contacto y hay posiciones como el pívot, en las que meter el cuerpo es fundamental. El problema empieza cuando algunos, generalmente los gordos, barrigones o jugadores de gruesa contextura, exageran y se aprovechan de sus condiciones para ganar la posición del balón. Y como no hay árbitro, pues los demás, de puros ardidos, intentan hacer justicia por sus medios y volvemos a lo de los contactos inhabituales y recurrentes que mencioné en un punto anterior.

El Barrio

microfutbol cancha

Generalmente una cancha de micro es una cancha de barrio, lo que significa que los partidos atraen las miradas de transeúntes, comúnmente viciosos y vagos, quienes aprovechan para burlarse y montársela a los que les dé la gana. Cualquier comentario que contenga un poco de veneno para con alguno que ande “volado” es suficiente para que se arme la de Troya.

Además, siendo que se juegan partidos entre las mini-roscas, grupos y sub-grupos del mismo barrio, hay lugar para aprovechar los factores “cancha pequeña” + “juego de contacto” y cobrarse viejas rencillas: que le quitó la novia, que le rayó el carro, que le pegó al hermano, etc… Y si por ahí le suma que vienen oponentes de otros barrios, ¡ni le cuento!

Muchas veces, cuando se trata de torneos “organizados”, los “pesados” del barrio sacan sus equipos para, por intermedio del micro, marcar su territorio. Y aunque el “patrón” rara vez juega, se “baja del bus” con uniformes, “ficha” a los mejores de otros lados o grupos y además ofrece respaldo en caso de líos… Habría que ver quién se le atraviesa para ganarle la final…

Los errores se pagan rápido

Sin importar quien cometa un error, como la cancha es corta, todo balón mal jugado representa un gran riesgo, desde los mismos que juegan arriba hasta el arquero (obviamente). Así pues, las disputas internas entre los miembros de un mismo equipo son mucho más frecuentes e intensas que en el fútbol 11 y pueden terminar fácilmente en una gresca lamentable (doy fe de esta).

Las jugaditas

En el microfútbol el balón se amasa, se pisa y se le trata bien (a excepción del momento de pegarle al arco, donde el uñero es el arma más letal), lo que se presta para hacer jugaditas que tienen como objetivo principal humillar al rival. Alguna vez me dieron un sabio consejo antes del inicio de un cotejo en el Campito de Bocagrande (Cartagena): – ¿Si ves a ese man manga ziza que esta allá?…bueno, a ese no se te ocurra hacerle un “orton” (túnel). De una tal humillación sólo es posible resarcirse con otra jugadita igual o más espectacular que lograría enrarecer aún más el ambiente o con un bojazo en la espalda!

La tienda de la esquina

Como siempre hay una tienda en una esquina cercana a la cancha, es muy común que en los partidos se apueste la caja de frías o la gaseosa. Este “plus” que se agrega para poner la cosa más interesante es un arma de doble filo. El partido deja de ser un amistoso y ante cualquier exceso en uno de los factores anteriormente analizados se desata el juego violento y una batalla campal es inminente…

Ante todo lo anteriormente expuesto, simplemente me queda decirle a mi amigo Rafael Varela que aquella vez que lo convidé a pelear en la cancha de El Conquistador no fue por nada personal. Ese día muy seguramente se combinaron algunos factores y… ¡zass!, me dieron ganas de pelear…

Ahora, que todo esto no sea motivo para no volver a echar la jugada… persígnese y vaya con Dios!!!

Colombia ganó, ¡Cuidado!

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Foto tomada de http://www.noticiasrcn.com

¿Por qué cada vez que ganamos la cagamos?… escuchar que después del partido que le ganamos a Grecia 3-0 se produjeron más de 3 mil riñas y hubo hasta 9 muertos sólo en Bogotá y que en los partidos siguientes continuaron los desmanes y hasta se declaró “Ley seca” en muchas ciudades me hizo recordar aquella vez que fuimos campeones de América en el 2001 y caí en cuenta de lo fácil que se “arma” incluso si todos estamos contentos y celebrando gestas históricas de nuestro fútbol.

El triunfo y su significado

Lo admito, fue una Copa América rara, incompleta, llena de suplentes, atravesada entres las eliminatorias hacia Corea-Japón 2002, pero ¡ganamos! y teníamos “derecho” a celebrarlo y “cagarla” (lógica fanática y absurda que nos lleva a cometer imprudencias)

El partido

Nos vimos el partido en el patio de la casa, con amigos y allegados de todos los miembros de la familia. Con el sol rechinando en la pantalla del televisor y en la cabeza de los asistentes disfrutábamos de la final esperada. Había picadas, cervecitas, roncito, guarito y maizena (en previsión de una posible celebración).

Hay que reconocer que la final fue el peor partido de Colombia en la Copa. Fue casualmente en Bogotá, donde jugábamos unas eliminatorias desastrosas… pero como dicen los futbolistas: “Gracias a Dios se nos dieron la cosas”.

Un gol de cabeza de Iván Ramiro Córdoba con el 2 de Andrés en la espalda a centro de Iván López, que venía de una excelente campaña con “mi Santafecito lindo”, nos dio nuestro único título…

La celebración y los hechos enrarecidos

Salimos a celebrar hasta el día siguiente, nos paseamos en el Jeep (marca Suzuki) descapotado de un amigo por todos los puntos de Cartagena donde podía haber gente celebrando, a pesar de las advertencias de mi papá… Fue una de las pocas veces en la que no le hice caso.

Efectivamente esa noche paso de todo, tiros, peleas, choques, heridos y supongo que hasta muertos. Gracias a Dios la trifulca que presencié (sacaron revolver y todo) por culpa de un gracioso (guevón) que se puso a tirar huevos no terminó en tragedia… Un pequeño gesto irresponsable más un poco trago en la cabeza lo cambia todo.

Supongo que mi irresponsabilidad de pasearme por ahí dando “papaya” vino al “razonar” que tenía que salir a celebrar, ya que en el fondo suponía que podía ser la única vez que gritara: ¡Campeón, Colombia campeón!, pero que mal estaba al arriesgarme de esa manera.

Por favor, seamos más inteligentes, no nos embarremos el maravilloso Mundial que nos está regalando la selección… Celebremos sin “pasarnos de piña” y sin hacer estupideces… ¡Gracias!

A propósito del fútbol y la playa

playa-hotel caribe-cartagena-colombiaLo primero que quiero aclarar es que el “fútbol playa” y “jugar fútbol en la playa” no son lo mismo. Eso que nos muestran en la televisión llamado fútbol playa es lo menos parecido a lo que se juega en las playas de Cartagena, y supongo que en cualquier otra playa del mundo.

Esas chilenas, medias voleas, palomitas, pases aéreos y otro malabares con el balón no representan el fútbol que jugué durante toda mi adolescencia en las playas de Cartagena.

Sin cita previa, sin avisos, ni llamadas, desde las tres de la tarde empezaba la faena y comenzaban a formarse los equipos que arrancaban y los que “desafiaban” a un gol o 10 minutos. Se sabía que se jugaba hasta que el balón no se pudiera ver o hasta cuando los policías pasaran pitando para que los cachacos se salieran del agua.

Jugábamos como si estuviéramos sobre césped, quizás nos imaginábamos en el Camp Nou o algo así. La irregularidad de la arena entre seca y caliente o dura y mojada no impedía que tuviéramos el reflejo de parar, transportar, driblar, maniobrar o hasta amasar el balón. Hasta hacíamos paredes cortas a ras de piso. Todavía me pregunto cómo hacíamos, si solo para parar el balón  había que desarrollar un cierto sentido arácnido que permitiera adelantarnos un milisegundo para poder poner el pie a donde el balón se suponía debía llegar. Algunos más talentosos hasta se “inventaban jugaditas”.

14979199-balon-de-futbol-en-el-agua-en-la-playaPero el balón en si se convertía en un arma, era una cuchilla de afeitar redonda. Una vez la pelota se mojara por primera vez “perdíamos el año”. ¡Nooooooooooo!, gritaban algunos. El balón se cubría de una mezcla de arena mojada y arena seca que terminaba pareciendo una lija #80. El empeine del pie terminaba rojo y lleno de mini raspones provocados por el contacto del balón y los granos de arena. Y pobres dedos de los pies, especialmente si le entrabas mal al balón o si le tropezabas el talón a otro jugador. Ah, y pobre de aquel que siendo del equipo sin camisa recibiera un balonazo en la espalda.

Cuenta uno de aquellos futbolistas playeros que cuando le hicieron una radiografía del pie por algún motivo, el medico se sorprendió de verle decenas de mini fracturas en los dedos. -¡Muchacho! ¿Y tú donde es que te metes?, le dijo.

Otro amigo se quejaba, – y dicen que el deporte es salud,  ¡bah! Y es que lo del balón era lo de menos. Las zancadillas, pataditas y pisotones se multiplicaban por el efecto de la arena y por el hecho de estar descalzos, de lo cual generalmente quedaba la siempre popular afeitada o depilada de canilla. Afortunadamente teníamos algo que parece no haber sido descubierto todavía por la ciencia médica, teníamos el agua e’ mar.

Inmediatamente después de cualquier incidente salíamos corriendo a meter los pies en el mar y como por arte de magia se nos sanaban todas la heridas y seguíamos jugando. Aprovechábamos pa’ echarnos un poco encima (algo que generalmente te dicen que no se puede hacer) y un poco en la cara pa’ refrescarnos y de paso pa’ saborear el salaito del agua.

Vale la pena precisar que a pesar de todos esos males, la pasábamos muy bacano y nos echábamos unos partidazos. Además, se aprovechaba para “mamar gallo” y conocer todo tipo de gente. Todo el mundo podía jugar, no había reglas, ni edades, ni prejuicios. La gran mayoría de mis mejores  amigos los hice jugando fútbol en la playa. Casi siempre éramos los mismos con las mismas, pero también había lugar para que los diferentes personajes que aparecen en las playas de Cartagena participaran en el cotejo.

Nunca faltaba el carpero, que ya habiendo terminado su jornada, se animaba a jugar, el que vendía los pastelitos, el chino de los tintos, el típico cachaco en tanga narizona, medias y chanclas (aún con la prenda viva), el que se había ponchao con las cachacas y/o con las catanas canadienses, el que fue a coger olas y se fue en blanco, el coleto desparchao, algún famoso del jet set colombiano o algún futbolista de verdad verdad (una vez echamos un picaito con Andrés Estrada, antes de aquel triste episodio de su secuestro)…

playa-vendedores-ambulantes-cartagenaA veces nos llegaba hasta público: El que vendía “la gafa okly” original se sentaba a verse los partiditos con la esperanza de que alguien le comprara. El pobre no se atrevía a jugar por miedo a que le robaran la mercancía. También llegaba el del conjunto vallenato con la esperanza de que el chachaco de tanga narizona, medias y chanclas le pagara las tres canciones que le había tocado por 10 barritas (ósea 50 mil pesos colombianos), el vendedor de rapaos, los policías bachilleres, la palenquera, el de las arepas de queso (¡de puro queso!), el de los mangos,el de las butifarras, la del masaje, la de las trencitas y todos aquellos vendedores ambulantes que se encargaban de atosigar a propios y extraños.

futbol en la playa2Ah, ¡tiempos aquellos!, que diera por volver al pasado y echarme un último partidito con mis vales, romperme unos cuantos dedos, saborear agüita saláa y comprarme, al terminar el partidito, un manguito biche, de esos que vienen el bolsita, con salecita, pimientica y limoncito…

Aprovecho este espacio para enviarle un saludo muy especial a todos los birriosos que nunca faltaron a la cita: al Ernie, al Víctor, al Rafa, al Yérman, al Jorge,  al Checho, al Gringo, al Doño, al Pipe, al Pupe, al Jafet, al Álvaro, al Cali, al Makanaqui, al Tarzan, al Fabian, al Humbe, al Gorila, al Louis, al Joselito, al Jairo, al Marcos, al Calvin, al Casillas, al Pelusita, al Cristian, al Willy, al Plata, al Pelayo, al Carlitos, al Fercho, etc, etc, etc …

Especial de San Valentín: Jugar fútbol o aprender a bailar, he ahí la cuestión

He ahi la cuestion2

¡Todo fue culpa de los gringos! y no es que mes la quiera tirar de Nicolás Maduro, porque a diferencia, esta vez sí es verdad. Resulta que como casi todas las películas de adolecentes de Hollywood nos muestran, desde legendarias épocas, que el mejor jugador del equipo (de cualquiera deporte) se levanta a la más bonita del High School, muchos nos terminamos creyendo el cuento.

Grease-bad guy¿Cómo podíamos pensar diferente ante semejante invasión americana? Tocaba ser de los mejores o por lo menos jugar bien para ser atractivos para las niñas, tal como nos lo mostraban los gringos. A los troncos o maletas le tocaba ser unas “gonorreas” porque era la única otra forma de atraer al sexo opuesto, insistían los gringos.

Por eso, durante muchos años, me esforcé por jugar bien al fútbol y sobre todo por tratar de que me notaran cuando metía un golcito en el recreo o en los partidos contra otros colegios. Bueno, confieso que no era solo por eso que jugaba, pero si eso contribuía de alguna forma a calmar la calentura de esas épocas, pues bienvenida la carambola.

La verdad es que esa estrategia fue perdiendo fuerza cuando, a pesar de mis esfuerzos por mejorar y por que ellas lo notaran, no me conseguía ningún “levante”. Algo no estaba funcionando, pero era incapaz de saber qué era. En las películas funcionaba, ¿Por qué conmigo no?

grease-grease-the-movie-3147019-1024-768Lo primero que pensé fue que era culpa de ellas, que no apreciaban un buen enganche, una buena pared, un buen tiro libre o un buen gol de cabeza. Pero no, no eran realmente ellas. A las niñas en la costa no les gusta mucho el fútbol, ni ningún deporte en general con justa razón. Es que con esos calores ¿a quien le dan ganas de jugar o de sentarse en la gradas bajo el sol a ver un pocotón de guaches sudados correr detrás de un balón? Si, esa frase se la escuche a una de ellas, a una de las más bonitas.

Había entonces que buscar otra alternativa; por lo de “bonito” no había nada que hacer, así que por ahí no era la cosa. Lo de tener plata, tampoco. Lo de volverme una “gonorrea” ya no era posible, pues era muy tarde para cambiar de imagen.

Las dos únicas alternativas, especialmente para levantarse una costeña, era tener buena “parla” y/o bailar sabroso. En ambos casos son cosas que se podían trabajar, si acaso uno no nace con esos dotes, pero por culpa de los gringos había perdido un tiempo irrecuperable, pues siempre preferí jugar fútbol cuando mis tías, mi hermana o mi mamá trataron de enseñarme a bailar, ¡Fucking Gringos!

Finalmente y gracias a que los seres humanos somos capaces de hacer cosas impresionantes cuando estamos bajo presión, la cosa fue mejorando poco o poco y la “parla” fue apareciendo justo en los momentos oportunos y el bailao lo podía disimular cuando gracias a Dios apareció el “Trance”.

Finalmente, cuando llego el momento de la verdad, cuando me quería levantar la que quería para siempre, cuando no había margen de error, me arriesgue e incluí la estrategia de los gringos en mi arsenal de batalla y la invite a unos de mis partidos de fútbol y… ¡funcionó! o por lo menos ayudó: God Bless America!  

El proceso de levante

El proceso de levante fue lento, muy lento, desesperante, pues se basó más que nada en la estrategia de la “parla”, técnica que no desarrollé demasiado por andar jugando fútbol.

Lo de bailar era un arma de doble filo, por lo que evadía deliberadamente este tipo de situaciones. Además de que corría el riesgo de pisarla, incluir la “parla” mientras bailaba era físicamente imposible.

Por muchos días le di vueltas y vueltas “♫ buscando la estrategia para el SI ♫” (incluyendo dedicatorias de Ricardo Arjona, obviamente), pero fue gracias al fútbol que vi la luz al final de túnel, que me di cuenta que había algo…

Cualquier día, después de clases, tenía partido en el campeonato interno de la universidad con el siempre glorioso Mílan. Como sabía que era contra un equipo bastante flojo (le decían en serio La Real Flojera), aproveché y me atreví a invitarla a que se quedara a ver el partido. Ella, como para protegerse de cualquier malentendido, le pidió a unas amigas que la acompañaran. Me deseó suerte, al igual que sus amigas, y me fui a jugar.

Ese día, como nunca, metí mi golcito. Fue un globito bastante bonito desde fuera del área. Para celebrarlo, me acerque lo suficiente a donde ella estaba y se lo dedique sin hacer mucho escándalo, como para que quedara entre nosotros, y fue justo ahí cuando vi que los ojitos le brillaron y comprendí que había algo, que ya estaba “caída”…

A partir de ese momento solo sería cuestión de provocar el momento oportuno, algo que una “parla” sencilla y una caminata sobre las murallas de Cartagena bajo la luz de la luna no pudieran solucionar…

Quizás si hubiera aprendido a bailar las cosas habrían sido diferentes, pero la verdad, no cambiaría nada. ¡Cuestión resuelta!

*THE END*

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De cuando llegó el fútbol profesional a Cartagena

Por aquel tiempo, cuando en Cartagena se vivía de unos triunfos lejanos en el beisbol, cuando a los niños se les animaba para que jugaran a la pelota caliente, cuando se libraba una guerra silenciosa entre el fútbol y el beisbol en la cuidad, llego una afortunada desgracia a la cuidad de Santa Marta que lo cambiaria todo en Cartagena y decretaría el fin de esta guerra a favor del fútbol.

Fue por allá en 1991 cuando los directivos del Unión Magdalena se dieron cuenta que no era rentable jugar en Santa Marta y decidieron probar en Cartagena. El equipo se llamaría Unión Lotería La Cartagenera, que después fue abreviado a Unión La Cartagenera. Hasta entonces, el único vínculo de Cartagena con el fútbol nacional era Wilmer Cabrera (hasta donde mi conocimiento me da, un cachaco nacido “de leche” en Cartagena) y Jaime Morón, un rapidísimo delantero cartagenero que fue figura en el club Los Millonarios en los 70s y que jugó algunos partidos con las selecciones Colombia en diferentes categorías. Me cuentan también que por allá en los 70s, el Bucaramanga, al parecer por los mismos motivos que el Unión, vino temporalmente a Cartagena y se llamó Real Cartagena. Ese experimento tampoco duro mucho.

En todo caso, por lo que recuerdo de lo que viví en esa época, creo sin temor a equivocarme que la llegada del Unión fue la estocada final. El fútbol ya se imponía poco a poco, no solamente porque era más barato y fácil practicarlo, sino porque también en el fútbol habían figuras y referentes de altísimo nivel, de esa generación que Maturana descubrió en los 80s y que emocionaba a todo un país con sus logros, estilo y resultados. Los mismo pelaos que uno se encontraba en las prácticas de beisbol eras lo mismos que te encontrabas más tarde en las prácticas de fútbol. Cuando llegaron Rentería y los hermanos Cabrera ya era muy tarde. Cartagena nunca olvido el beisbol ni muchos menos, de hecho, ahora más que nunca siguen saliendo peloteros para la MLB, pero ya no es ese deporte de masas que estaba arraigado a la cultura cartagenera.

En fin, cuando llego el Unión, el furor fue impresionante. Al fin íbamos a tener fútbol profesional en el legendario (aun sin terminar y cayéndose a pedazos) estadio Olímpico Pedro de Heredia (ahora llamado estadio Jaime Morón). Dicho sea de paso, no entendí nunca eso de Olímpico. Igual, nada más pasar por ahí, hacía soñar a miles de Cartageneros.

Estadio destruido

Por cosas del destino, fue mi mama la que nos llevó, a mi hermano a mí, al estadio a ver el primer partido. Unión La Cartagenera vs. Los Millonarios. Llegamos tarde, muy al estilo costeño, y ahí como pudimos entramos a la sección de sombra (sección que en la mayoría de los estadios se llama occidental). La sección oriental, norte y sur era llamada Sol, y era de sol, pero de sol bravo. No habían sino unas gradas de cemento quebrado alineadas con el centro del campo y el resto era monte y piedras. Con ese monte seco vi varias veces unos hinchas hacer fogatas y brincar todo el partido alrededor del fuego con una pancarta del Che Guevara (“exijo una explicación” como diría Condorito). Finalmente, ese día nos fuimos colando al segundo piso cuando iban como 30 minutos del primer tiempo. Como solo pudimos llegar a subir las escaleras, porque a cualquiera que intentara subir más allá le mentaban la madre, nos vimos lo que faltaba del primer tiempo arrodillados, a través de los huequitos de las barandas (me recordó mucho cuando tocaba verse las películas sentado en las escaleras del teatro Cartagena). Desde ahí se veía gente trepada en la Plaza de toros viendo el partido de “gratiniano”.

Union la Cartagenera vs Millonarios

El partido era lo de menos para mí mama, ella se juagaba un partido aparte con los nervios. No era para menos, esa vaina parecía que se iba a caer. Parecía pegado con mocos. La verdad, yo tenía miedo también. Aprovechamos el entretiempo para retomar fuerzas y bajamos, pero no fuimos capaces de volver a subir. Nos acomodados en la zona baja, cerca de la salida del camerino local, y ahí, desde un ángulo menos atractivo, nos terminamos el partido.

Me llamo la atención la fuerza con la que soplaba la brisa. En cualquier balón aéreo o saque de meta, era impresionante como el balón se detenía en el aire. Era como si el ciclón bananero se hubiera traído con él la tronco de brisa que hacia allá, en el Eduardo Santos de Santa Marta. También me sorprendí cuando por primera vez escuche a más 10 mil personas gritarle “hijueputa” a una misma persona. Era un corito pegajoso que re repetiría muchas veces en ese estadio al cual me unía siempre que el “hijueputa” del árbitro se lo mereciera. ¿Cierto que se sentía un fresquito? ¿No se si recuerdan también a un man que se paseaba en la planta baja de un lado para otro y cada vez que pasaba le gritaban “SAPO, SAPO”?, ¿Alguien sabe quién era y porque le gritábamos así?

Si la memoria no me falla, recuerdo especialmente a dos jugadores. Al Loco Jorge Rayo, un arquero que me parecía bastante bueno pero que muchos consideraban una imitación de tres pesos de Rene Higuita. El otro era el “Rambo” Sosa. No sé si era tan infalible como lo recuerdo pero era el referente de ataque y le vi varios goles al estilo de Cabañas. Ese día en Millonarios tapó un tal Oscar Córdoba.

Real-CartagenaEl Unión volvería poco tiempo después a ser nuevamente el Unión Magdalena de Santa Marta, pero no se llevó el fútbol con él. El Sporting de barranquilla, un equipo sin muchos hinchas, termino en Cartagena. Fue un movimiento lógico después de haber despertado al monstro de la afición por el fútbol en Cartagena. Había mercado y el billete estaba ahí. Así nació nuestro amado Real Cartagena que conocemos hoy.

La felicidad no duro mucho. Casi que simultáneamente crearon ese cuento del descenso a la categoría B del ultimo equipo del torneo del fútbol profesional. El primer  equipo en descender ya tenía nombre. Se sabía que seriamos nosotros. Ese año fue literalmente la crónica de una muerte anunciada. El Real bajo a la B y duro ahí mucho tiempo. Volvió a la A y alcanzo a jugar una final contra el Deportivo Cali. Desbarataron al equipo, cambiaron de técnico y lo condenaron nuevamente a la B, que nuevamente lo recibió con los brazos abiertos. El Real se convirtió en el primer equipo en descender dos veces (creo que el Cúcuta acaba de lograr la misma hazaña). Precisión : a la fecha ya van cuatro descensos.

 Cartagena siguió y seguirá acompañando al equipo y no quedaron dudas de que el amor por el fútbol sobrepasó los infortunios de nuestro equipo profesional. Cartagena siguió siendo tierra de fútbol y gracias a eso y a una buena gestión del gobierno distrital, la FIFA la acepto como sede para algunos partidos del Mundial Sub-20 que se jugó en Colombia en 2011.

Estadio Jaime Moron

El estadio, completamente remodelado, quedo a la altura de las exigencias FIFA para albergar lastimosamente partidos de la B del fútbol colombiano. Una verdadera lástima para esta afición que ya demostró que merece más.